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Pues aunque andamos en la carne, no luchamos según la carne, porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas; destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo, y estando preparados para castigar toda desobediencia cuando vuestra obediencia sea completa. (2 Cor. 10:3–6.) BLA

 

La historia quizá no sea cierta; pero se cuenta que en cierto lugar un boxeador se convirtió al evangelio, y dejando las cuerdas del ring, se hizo predicador. En cierta ocasión en que se le hizo tarde para acudir a una cita cruzaba por un atajo para acortar el camino, de pronto le salió el dueño y con palabras duras le insultó y lo retó a pleito, no conociendo quién era. “Bien”, dijo el predicador, “vamos a pelear si usted gusta; pero permítame un momento, pues ha de saber que yo jamás hago algo sin antes orar”. Y diciendo y haciendo, ante la estupefacción del retador, se quitó el sombrero y comenzó a orar diciendo:

“Señor, tu sabes que fui boxeador, y sabes a cuántos les deshice los ojos y las narices a bofetones; tú sabes cuántas costillas quebré a golpes a mis contrincantes, y a cuántos mandé a la otra vida con sólo la fuerza de mis puños. No permitas que mate a este hombre, no dejes que se me vaya la mano y …”

“Basta ya”, le interrumpió el otro. “No es necesario que luchemos, pase usted por mi terreno las veces que quiera”, y sin más decir, se retiró presuroso. Por demás está decir que nuestro predicador siguió su camino tranquilamente y llegó a tiempo para predicar su sermón.

Luz del Alba, Santa Ana, El Salvador.

 

La obra del ministerio es una guerra espiritual contra los enemigos espirituales y con objetivos espirituales. Debemos estar conscientes de nuestros males y pensar humildemente de nosotros, aunque los hombres nos lo reprochen. La conciencia es responsable de rendir cuentas sólo a Dios; y a la gente se la debe convencer sobre Dios y su deber, sin forzarlos. El poder exterior no es el método del evangelio, sino las persuasiones sólidas, por el poder de la verdad y la mansedumbre de la sabiduría. ¡Qué oposición se hace contra el evangelio, por parte de los poderes del pecado y de Satanás en los corazones de los hombres! ¡Pero vea la victoria de la verdad del evangelio! Las  poderosas armas de nuestra milicia; la evidencia de la verdad es convincente y real. Los medios señalados, por débiles que puedan parecerles a algunos, serán poderosos por medio de Dios. La predicación de la cruz hecha por hombres de fe y oración siempre ha resultado fatal para la idolatría, la impiedad y la maldad, pero en beneficio para la gloria de Dios y su reino.

 
Bendiciones.
Hno. Fredy Monterroza