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No deseches al que habla.
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Mirad que no desechéis al que habla. Por que si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desechamos al que amonesta desde los cielos. (Hebreos 12:25)

 

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo,… (Hebreos 1:1-2)

 

Introducción:

 

Es nuestro deber oírlo y obedecerlo. Muchos lo han rehusado de diferentes modos y por diferentes causas. Lo rehusaron los judíos, porque no cumplía sus ambiciones y caprichos; otros por su pobreza, y otros por su disconformidad con la tradición. Lo rehusaron colgándolo  en una cruz, otros viéndolo con indiferencia y negando sujetarse a su dominio. Hoy en día  lo rehúsan muchos de la misma forma. No debemos rehusarlo.

 

I. En atención a su autoridad

 

a). Cristo habló con autoridad divina. Nadie habló como él antes, ni hablará jamás. Es el Hijo de Dios.

 

b). Demostró su autoridad. En sus milagros, y resurrección. Le obedecieron los demonios, los elementos, la naturaleza, el sepulcro.

 

c). Dios confirmó su autoridad. En su resurrección y en las veces que habló (bautismo, transfiguración).

 

II. En atención al modo en que nos habla

 

a). Dios habló en Sinaí con truenos y fuego. ¿Quién lo hubiera rehusado?

 

b). ¿Lo recusaremos porque nos habla ahora con dulzura y amor? Esta es razón mayor para oírlo.

 

III. En atención a la importancia de su mensaje

 

a). Nos habla de nuestra salvación; de vida eterna, de gozo, de herencia, de gloria.

 

b). Nos dice cómo alcanzar estas cosas, y gozar de la gracia de Dios.

 

c). Si oímos al que nos habla de los intereses mundanos, ¿recusaremos al que nos habla de la eternidad?

 

IV. En atención a las tremendas consecuencias de rehusarlo

 

a). El pecado es mayor que el de los que rehusaron al que habló en Sinaí; y éstos perecieron.

 

b). Quien rehúsa a Cristo y su gracia, se condena irremisiblemente (Hebreos 2:1-3). No hay otro medio de escapar.

¡Oigamos a Cristo! Atenta, humilde y obedientemente. Su voz de doctrina, de mandato, de amonestación, de reprensión y promesa. No tengamos en poco ninguna de sus palabras.

 

Conclusión:

Debemos ser diligentes atendiendo a los concejos de la Palabra de Dios, por medio de las Escrituras nos damos cuenta que todo aquel que desobedece reciba una justa retribución. La pregunta que debemos hacernos es: ¿Cómo escaparemos, si descuidamos una salvación tan grande y sublime que nos ha sido entregada a nosotros gratuitamente?

 

Bendiciones.

Hno. Fredy Monterroza.

 

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